martes, 5 de octubre de 2010

Acá dejo un cuento que escribí para la materia "Técnicas de Escritura II" del ISP, a cargo de Ana Quiroga (San Juan, 1967; profesora y escritora ; autora de "Dormir juntos esta noche", "El poeta que sangra", "Cuentos al oído de Buenos Aires".) Se titula "TUROC".

      Cansado de su vida en la gran urbe, Marcos resolvió que lo mejor era irse a vivir solo al Sur. Se había separado de Clara hacía dos semanas. Por suerte no tenían hijos que dilataran la ruptura, así que pidió a su jefe el traslado a la sucursal de Chubut. Como era un buen empleado, su empleador no tuvo ningún problema en firmarle el pase. Marcos decidió no revelar a nadie el lugar preciso en donde estaría alojado, al menos por un tiempo. Quería comenzar una nueva vida.
El siguiente domingo, ya en Rawson, se acomodó en el 5º "A" de la Avenida Pasteur al 1226; un monoambiente con balcón que estaba a dos cuadras de lo que iba a ser su nueva oficina. No llevó muchas cosas consigo: una lámpara de mesa, algunos libros y a Turoc, un cuervo disecado que había sido la mascota de Clara por años que, en vida, jamás voló. Fue el primer y único trabajo que hizo en su corta e inconclusa carrera de taxidermista en el museo de La Plata. Marcos nunca lo quiso. Se lo quedó sólo porque a su ex esposa no le gustaba el trabajo que había hecho. Decía que su vacía mirada permitía ver la muerte, habitándolo y esto le causaba terror.
Marcos acomodó a Turoc en la mesa de luz, bajo la lámpara. Lo quería tener cerca; irónicamente, iba a ser su único compañero. Programó el despertador del celular y se acostó a releer “La gallina degollada” antes de dormir. Al día siguiente comenzaría a trabajar.
Sonó el despertador y se levantó rápido. Apagó la alarma y dejó el celular sobre la mesa de luz. Cuando hizo esto, notó algo raro en Turoc: estaba en otra posición. Tenía la cabeza un poco arqueada, como mirando para abajo. A su vez, la base en la que se apoyaba estaba algo inclinada hacia la cama. Quiso creer que, medio dormido, lo habría corrido al tomar el celular y que su cabeza habría cambiado de posición con los movimientos del traslado. Lo acomodó y salió rápido hacia la oficina.
A eso de las ocho y media de la noche, luego de un intenso primer día de trabajo, Marcos volvió a su casa. Cuando entró, por primera vez se dio cuenta de lo acostumbrado que estaba a la soledad. Para nada sentía la ausencia de su ex esposa. Esta reflexión lo puso feliz. En seguida comenzó a ordenar el pequeño desarreglo causado a la mañana. Mientras tendía la cama, notó que estaba oscureciendo. Encendió la lámpara y lo que vio lo sobresaltó: Turoc lo estaba mirando. Esta vez su cabeza estaba hacia arriba y sus ojos, por un momento, resplandecieron. Marcos pensó que el cansancio le estaba jugando una broma y que, seguramente, cuando lo acomodó a la mañana, subió la cabeza por demás. El resplandor de sus ojos se debía al reflejo que causó la luz de la lámpara. Río de sí mismo y siguió con el aseo del pequeño ambiente. Se acostó a dormir tarde atrapado, otra vez, por los cuentos de Quiroga.
A la mañana siguiente le costó levantarse. Llovía torrencialmente. El despertador sonó varias veces pero no podía emerger por completo a la realidad. Los truenos resonaban en su cuerpo y lo hacían abrazarse cada vez con más fuerzas a sus deseos de dormir. Cuando se hizo consciente de esto, se levantó como un rayo. Era tardísimo. Mientras corría hacia el baño, atropelló la mesa de luz y Turoc cayó al piso. No perdió tiempo en levantarlo y, luego de prepararse, se fue a trabajar sin desayunar.
Volvió a la noche cansadísimo y mojado. Se dio una ducha rápida y se acostó con intenciones de dormir. Afuera seguía lloviendo. Marcos comenzó a reflexionar sobre su día, y a filosofar sobre cómo uno, de forma inconsciente acomoda su vida en rutinas y sobre otras cosas, cuando se acordó de Turoc. Miró hacia donde había caído a la mañana pero, en la oscuridad, no pudo encontrarlo. Se levantó y encendió la lámpara para ver mejor. No lo encontraba. Dio unos pasos y se tropezó con algo. Cayó y se golpeó muy fuerte el codo derecho contra el suelo. Miró a sus pies y ahí estaba Turoc, mirándolo. Furioso, Marcos agarró al inocuo cuervo con ambas manos y lo llevó hasta el balcón. Tomando al animal con la mano derecha, Marcos tomo envión para lanzarlo lejos. “Ahora vas a volar” –dijo. Dio tres pasos hacia adelante y, cuando intentó arrojarlo, trastabilló hacia adelante, se resbaló y cayó desde aquel quinto piso. El ruido del impacto fue amortiguado por el agua acumulada en el asfalto. Sólo el ruido fue amortiguado. Cayó boca abajo, con el costado izquierdo de la cara. Tenía el cuerpo inmóvil. Estaba reventado por dentro. El calor de la sangre en su oído hizo que Marcos abriera los ojos por última vez. Y ahí estaba Turoc, parado en su base. Mirándolo.